por Robert J. Tamasy

A lo largo de los años, he trabajado con varias empresas y organizaciones en una variedad de roles. La mayoría de ellos han tenido misiones claramente establecidas. Algunos incluso imprimieron y exhibieron sus declaraciones de misión en lugares estratégicos alrededor de sus instalaciones para que sirvieran como recordatorios continuos de las respuestas a preguntas como: «¿Por qué estamos aquí?», «¿Qué estamos haciendo?» y «¿Por qué lo hacemos?».

Una declaración de misión puede servir como una especie de GPS para guiar la toma de decisiones similar a la planificación de un viaje: ¿Dónde estamos? ¿A dónde queremos ir? ¿Cómo vamos a llegar allá?

Esta es una buena idea para que la hagamos individualmente también. Mucha gente nunca hace las preguntas básicas, pero sería bueno cuestionarnos: «¿Cuál es mi misión?», «¿Qué espero lograr con mi vida y por qué?». Una declaración de misión personal puede ayudar a encontrar respuestas a esas preguntas importantes. Esto puede conducir a una serie de respuestas, que van desde simplemente ganarse la vida, satisfacer las necesidades básicas y poder pagar las facturas, hasta ascender en la escala corporativa y lograr lo máximo posible. Conociendo nuestros talentos, habilidades e intereses, es posible que deseemos utilizarlos con el mayor éxito posible y recibir reconocimiento por hacerlo.

Puede haber un elemento aún más convincente para determinar cuál debería ser nuestra misión. Especialmente para las personas de fe en el mercado, aquellos que profesan ser seguidores de Jesucristo. Una de las canciones más memorables que he escuchado es «The Mission» (La Misión), grabada hace años por Steve Green. El estribillo que repite a lo largo de la canción es: «Amar al Señor nuestro Dios es el latido del corazón de nuestra misión, el manantial del que rebosa nuestro servicio». A menudo me he preguntado: «¿Es este el corazón de mi misión?».

Hace más de 100 años, el misionero Oswald Chambers expresó palabras similares que quedaron plasmadas en su libro devocional, En pos de lo supremo. Él dijo: «El llamado de Dios es una expresión de Su naturaleza; el servicio que resulta en mi vida es una expresión de mi naturaleza… Por lo tanto, cuando recibo Su naturaleza y escucho Su llamado, Su voz divina resuena en toda Su naturaleza y en la mía y los dos se vuelven uno en el servicio».

Lo que esto significa en un sentido práctico y cotidiano obviamente será diferente para cada uno de nosotros. Sin embargo, aquí hay algunos principios de la Biblia a considerar:

1. Somos colaboradores de Dios. Tenemos el privilegio de colaborar con Dios en el logro de Sus propósitos eternos. «Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios» [1 Corintios 3:9 RVC].

2. Somos representantes de Dios, dondequiera que vayamos. Así como los embajadores extranjeros representan a las naciones que los envían, estamos llamados a representar a la familia de Dios y Su reino. «Así que somos embajadores de Cristo; Dios hace su llamado por medio de nosotros. Hablamos en nombre de Cristo cuando les rogamos: “¡Vuelvan a Dios!”». [2 Corintios 5:20 NTV].

3. Somos mayordomos de Dios, administradores de lo que Él nos ha confiado. Tendemos a considerar nuestro tiempo, talentos y recursos materiales como propios y sólo los ponemos a disposición de los demás cuando nos sentimos inclinados a hacerlo. Sin embargo, las Escrituras enseñan que todo lo que tenemos nos ha sido dado por Dios para usarlo y administrarlo para Su honor y gloria. «Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando bien la gracia de Dios en sus diversas formas» [1 Pedro 4:10 NVI].